Desde sus primeros registros hasta la actualidad, el pan se transformó junto con las sociedades y los hábitos de alimentación, sin perder su lugar en la mesa.
El pan acompaña a la humanidad desde hace aproximadamente 14.400 años. La evidencia arqueológica más antigua conocida fue encontrada en el noreste de Jordania y corresponde a comunidades cazadoras-recolectoras, mucho antes de que la agricultura se consolidara. Desde entonces, cambió el cereal, cambiaron las recetas, evolucionaron las técnicas de elaboración y también las formas de producirlo y consumirlo. Sin embargo, su capacidad para transformar un cereal en un alimento accesible y versátil hizo que atravesara civilizaciones y épocas hasta llegar a las mesas actuales.
Hoy, esa historia de adaptación continúa; la innovación también alcanza a las variedades de trigo, los procesos de fermentación, la incorporación de fibra y otros nutrientes, y el desarrollo de productos que buscan responder a diferentes necesidades y preferencias.
“El pan tiene una historia de adaptación que acompaña la propia evolución de nuestra alimentación. Hoy tenemos la posibilidad de tomar ese conocimiento acumulado durante miles de años y utilizarlo para mejorar su perfil nutricional, sin perder la versatilidad que lo convirtió en un alimento tan presente en distintas culturas”, explica Melina Kalmanovich, Licenciada en Nutrición (Matrícula Nacional N° 10994) en colaboración con Grupo Bimbo
Un alimento que sigue teniendo un rol relevante
La importancia del pan también puede observarse en la dimensión de los cereales dentro de la alimentación. En Latinoamérica, más de una cuarta parte de toda la ingesta energética proviene del grupo de cereales, pasta y pan. A nivel global, el consumo promedio de pan se ubica aproximadamente entre 120 y 160 gramos por persona por día, equivalentes a unas cuatro o cinco rebanadas.
En este contexto, el trigo ocupa un lugar central: es el segundo cereal más consumido del mundo, después del maíz, y aporta aproximadamente el 18% de las calorías dietéticas y el 19% de las proteínas a nivel global. Entre 2024 y 2025 se consumieron alrededor de 802 millones de toneladas métricas de trigo en el mundo.
Pero la evolución actual del pan también plantea un desafío nutricional. La fibra es uno de los nutrientes cuyo consumo resulta insuficiente a nivel global: el 90% de la población no alcanza las recomendaciones de ingesta, que se ubican entre 25 y 38 gramos diarios según las distintas referencias internacionales.
En este escenario, el pan puede convertirse en uno de los vehículos para incorporar nutrientes que suelen faltar en la alimentación cotidiana. Las variedades integrales o elaboradas con granos enteros son fuentes de fibra, además los panes por políticas públicas de fortificación son panes elaborados con harinas enriquecidas o fortificadas que aportan nutrientes como hierro, ácido fólico y vitaminas del grupo B.
“Cuando pensamos en la evolución del pan, no se trata solamente de crear nuevas variedades, sino de aprovechar un alimento que ya forma parte de la vida cotidiana para aportar nutrientes que muchas personas necesitan incorporar en mayor cantidad. La fibra es un claro ejemplo: mejorar su presencia en alimentos de consumo habitual puede contribuir a cerrar parte de esa brecha nutricional”, agrega Kalmanovich.
De la semilla a la mesa: una evolución que también sucede en Argentina
En Argentina, la historia del pan está estrechamente ligada a la del trigo. Desde la llegada de las primeras semillas al territorio en el siglo XVI hasta la consolidación de la región pampeana como una de las grandes zonas productoras, el cereal fue construyendo una cadena que hoy conecta al campo con los molinos, la industria y las panaderías.
Esa cadena continúa transformándose. La investigación y el mejoramiento de variedades de trigo buscan responder a nuevos desafíos productivos y de calidad, mientras que la industria panificadora incorpora procesos y formulaciones orientados a mejorar el perfil nutricional de sus productos.
Así, después de más de 14.000 años, la historia del pan no parece estar llegando a un punto final, sino atravesando otra etapa. El alimento que comenzó como una manera de transformar cereales y plantas disponibles en una fuente de energía hoy también puede ser un espacio para la innovación nutricional.
“Si algo nos demuestra la historia del pan es que su vigencia no está en haber permanecido igual, sino en su capacidad de transformarse junto con las necesidades y los hábitos de cada época. Esa adaptación es la que le permitió seguir ocupando un lugar central en nuestra alimentación.”, concluye Melina Kalmanovich.


