El renacer de las criollas: de la sombra a la copa con identidad de alta gama

Hay historias que hunden sus raíces profundamente en la tierra, atravesando generaciones para rescatar aquello que alguna vez se dio por sentado y hoy reclama su corona. Conversamos con Alfredo Cartellone, viticultor, ingeniero agrónomo y cuarta generación de productores, quien nos abre las puertas de su finca centenaria para desandar el fascinante universo de las uvas criollas.

Con viñedos que datan de 1906 y un profundo compromiso con la historia vitivinícola, Cartellone se erige como un apasionado defensor de estas variedades que hoy protagonizan una verdadera revolución en la enología argentina.

1 . Más allá del mito: ¿Cómo son los vinos de uvas criollas hoy?
Durante décadas, el imaginario popular encasilló a las uvas criollas en vinos rudimentarios, de consumo masivo y escasa sofisticación. Sin embargo, la realidad actual es diametralmente opuesta. La confluencia entre la tecnología de punta y la profesionalización de los enólogos e ingenieros agrónomos ha transformado por completo su perfil.

“Creemos que son tratamientos que a las uvas criollas muchas veces nunca se les dio, sino que fueron bastante maltratadas… con cosechas a granel, sin un adecuado índice de cosecha y con tecnología que antiguamente no era de la mejor calidad”, reflexiona Cartellone.

Hoy el enfoque es radicalmente distinto. Aplicando técnicas de precisión —como despalilladoras francesas, prensas alemanas, fermentaciones en tanques de acero inoxidable y un riguroso control en la selección de racimos— se logra extraer el máximo potencial de variedades históricas como la Criolla Grande, Cereza, Moscatel Rosado, Moscatel Amarillo y Torrontés Riojano.

El resultado responde de forma perfecta a las nuevas demandas del consumidor contemporáneo, que busca vinos más frescos, livianos, florales y amables al paladar (los clásicos “pileteros”). Son ejemplares con estructuras sutiles, ideales para dar luz a blancos, rosados vibrantes e incluso tintos ligeros de trago ágil y fluido. Lejos del maltrato del pasado, la alta tecnología aplicada con respeto ha elevado a las criollas al plano de la sofisticación.

2 . El terruño ideal: ¿Dónde se sienten más a gusto?
Para entender dónde despliegan todo su potencial, hay que mirar hacia atrás en el mapa de la viticultura nacional. Las uvas criollas encuentran su hogar histórico y mejor desarrollo en el este mendocino, que corresponde a las zonas más antiguas de la producción local.
Mientras que valles como el de Uco representan postales más recientes (desarrolladas fuertemente desde la década del 90), el núcleo histórico de Mendoza floreció en las llanuras hacia el este —abrazadas por los ríos Mendoza y Tunuyán—, donde los antiguos huarpes y luego los primeros colonos supieron diseñar canales de riego aprovechando el deshielo de la cordillera.

Una planta todoterreno con gran potencial productivo
Las variedades criollas poseen una característica fisiológica única: un potencial productivo muy elevado. En los suelos profundos y sin piedras del este mendocino, sus raíces pueden explorar varios metros en profundidad en busca de agua y nutrientes.

Antiguamente, esto derivaba en rindes desmedidos (de hasta 40.000 kilos por hectárea) que diluían la concentración de aromas y polifenoles. La clave de la enología moderna radica precisamente allí: en regular la carga mediante podas y manejo agronómico. Al restringir los rindes a unos moderados 8.000 a 12.000 kilos por hectárea, el productor logra una concentración excepcional que revalida la calidad de la uva.
Hacia la valorización del patrimonio ancestral

El trabajo de productores como Alfredo Cartellone no es sólo técnico, sino profundamente cultural. Actualmente, se encuentran impulsando la formación de una asociación sin fines de lucro —avalada por el INTA de Luján de Cuyo— para fomentar y proteger estas variedades ancestrales y patrimoniales que llevan más de 500 años adaptándose a los suelos argentinos.

Rescatar las criollas es, en definitiva, abrazar nuestra historia con una mirada de vanguardia. Es demostrar que el pasado y la alta calidad pueden ir de la mano en una misma copa.

Por Graciela Soto
Periodista