En Bal Harbour, donde el lujo se despliega con naturalidad, un nuevo escenario recupera el brillo de otra época para reinterpretarlo desde el presente. SLIM’S Steakhouse irrumpe como un refugio donde el glamour de la edad de oro del cine se traduce en una experiencia sensorial precisa, envolvente y profundamente actual.
El proyecto lleva la firma de Stephen Starr, quien vuelve a un espacio cargado de historia —el antiguo hogar de Makoto— para darle una nueva vida. La intención no es replicar el pasado, sino evocarlo. Construir una atmósfera donde la nostalgia funcione como punto de partida y no como destino.
El diseño, a cargo del estudio GACHOT, articula esa idea con una elegancia medida. Tonos profundos, texturas densas, cuero en clave cálida y mármoles contrastantes componen un interior que remite a los códigos clásicos del steakhouse, pero con una lectura contemporánea. Los murales del ilustrador Christoph Niemann introducen un contrapunto lúdico: figuras que parecen emerger de un imaginario art déco, entre lo abstracto y lo teatral, aportando carácter sin romper la armonía. El espacio, pensado para 183 comensales, se despliega entre interior y exterior con fluidez. Un bar dedicado marca el pulso desde temprano, acompañando el tránsito natural entre cócteles diurnos y cenas que se extienden sin apuro. La escena no se impone; se construye a partir de pequeños gestos, de una iluminación precisa, de una música que acompaña sin invadir.
En la cocina, el chef Anthony Micari toma el lenguaje del steakhouse clásico y lo afina. La propuesta se sostiene sobre ingredientes de alta calidad y una ejecución técnica que respeta la tradición sin renunciar a cierta audacia. Los cortes premium —con el Wagyu como protagonista— conviven con una raw bar cuidada y una experiencia de caviar que refuerza el carácter indulgente del lugar. Entre los platos, aparece un guiño que sintetiza el espíritu de la casa: el cheesesteak reinterpretado por Starr Restaurants. Wagyu cortado a mano, trufa negra, foie gras, cebollas fritas y queso fundido en pan de sésamo. Un exceso deliberado que, lejos de resultar ostentoso, se integra con naturalidad en el relato.
Las entradas y acompañamientos recorren un territorio reconocible —ostras, king crab, palta con cangrejo, pigs in a blanket— mientras que los platos de mar amplían el registro con lenguado Dover, langosta o róbalo chileno. El cierre, en cambio, apela a la memoria: postres que remiten a una dulzura clásica, como el Coconut Chiffon Cake, el Pink Champagne Cake o un Bananas Foster preparado en mesa, donde el ritual vuelve a ocupar un lugar central. La barra merece un capítulo aparte. Aquí, el martini no es una opción más, sino el eje. Una carta dedicada explora sus múltiples versiones, desde las más austeras hasta las más expresivas, en un homenaje directo a una era donde el cóctel era también un símbolo de estilo. La selección de vinos, por su parte, recorre etiquetas icónicas con una curaduría que acompaña sin competir.
SLIM’S no busca reinventar el género. Su apuesta es más sutil: recuperar códigos, afinarlos, devolverles vigencia. En ese equilibrio entre pasado y presente aparece su identidad.
Bal Harbour, con su elegancia inherente, funciona como el escenario perfecto. Un entorno donde lo internacional y lo local conviven, donde el lujo no necesita explicaciones. En ese contexto, SLIM’S se instala como un punto de encuentro, un lugar donde la experiencia no se define por un solo elemento, sino por la suma de todos.
Porque, al final, lo que propone no es solo una cena. Es una escena cuidadosamente construida, donde cada detalle —desde el brillo del mármol hasta la textura de un cóctel— participa de una misma intención: hacer del momento algo que merezca ser recordado.
Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello


