En 1787, un pintor de Edimburgo llamado Robert Barker patentó un invento que a primera vista parecía un capricho de decorador. Consistía en una rotonda con una plataforma en el centro y, alrededor, un lienzo gigantesco que cubría la pared entera, sin esquinas ni marcos, de modo que el espectador giraba sobre sus talones y encontraba la ciudad, la batalla o el puerto en todas las direcciones. Una claraboya disimulada en el techo derramaba luz natural sobre la pintura, y delante del lienzo se amontonaban rocas, pastos y troncos de verdad, para que la tierra real se fundiera con la pintada sin que el ojo pudiera marcar la costura.
Aquel entretenimiento arrasó. Durante todo el siglo XIX, y hasta bien entrada la Belle Epoque, las ciudades europeas levantaron rotondas donde el público pagaba una entrada para quedarse quieto, rodeado de un Cairo, un Jerusalén o un campo de batalla que jamás visitaría. Las damas salían mareadas de tanto girar, los caballeros discutían la exactitud de los detalles y los niños intentaban tocar las rocas para averiguar dónde terminaba lo cierto y empezaba lo pintado. El viaje se había convertido en un espectáculo de pie.
Lo curioso de la historia es que todo el ingenio de aquellos artistas se dedicaba a ocultar el borde. Disimulaban el techo, tapaban el piso, oscurecían la luz de la plataforma, porque sabían que el hechizo se rompía en cuanto el visitante descubría dónde acababa la ilusión. Un panorama perfecto era, ante todo, un borde perfectamente escondido.
Existe un lugar en el nordeste argentino donde ese problema jamás se planteó. Se llega a él por la provincia de Corrientes, que ordena su vida alrededor de un río y de una palabra guaraní, Iberá, que se traduce como aguas brillantes. Bajo ese nombre se extienden los Esteros del Iberá, un humedal de lagunas, camalotes, pajonales y cielos tan amplios que el horizonte parece desprenderse de la tierra. La región conserva, a pesar de la modernidad, una cultura que se explica con pocas palabras, el tereré helado, la siesta con valor de ley, el chamamé que suena en los patios y una hospitalidad que se mide en mates y en sobremesas.
El camino de entrada más cultural se llama Concepción del Yaguareté Corá, a unos 190 kilómetros de la capital provincial por rutas asfaltadas. Su nombre alude al corral del yaguareté, y su fundación en 1796 la ubica entre los poblados más antiguos de Corrientes. Hoy es Poblado Histórico Nacional, guarda casas coloniales de galerías generosas, evoca el paso de Manuel Belgrano en 1810, ofrece un museo dedicado al mencho, como se llama aquí al gaucho, y cada comienzo de mayo celebra al peón rural con jinetes, música y fogones. Desde la plaza, un camino de ripio y tierra de 27 kilómetros lleva hasta el Portal Carambola, acceso oeste del Parque Nacional Iberá, y casi al final, cuando el paisaje se abre en una pradera sin fin, asoma una estancia blanca que parece sostener el cielo con los hombros. Se llama El Tránsito.
Una casa con dos vidas
La estancia se levantó en 1921, cuando el Iberá era un confín remoto y la ganadería parecía el único destino razonable para tanto pasto. Funcionó como establecimiento rural durante décadas y dejó su marca en el paisaje, hasta que el abandono la fue deshaciendo con método. Se pudrieron las maderas, se oxidaron los tanques de agua y más de treinta años transcurrieron sin que alguien le diera siquiera una mano de cal.
A comienzos de los años 2000, el matrimonio de conservacionistas formado por Kris y Douglas Tompkins adquirió el campo a través de su organización, como una pieza de su proyecto para recuperar el Iberá. Se toparon, según la propia casa, con una ruina en sentido literal. Durante cuatro años seguidos devolvieron la dignidad al casco histórico, levantaron cien kilómetros de alambrado perimetral para amparar el humedal, retiraron las plantaciones de eucaliptos que se habían adueñado del terreno y pusieron en marcha un modelo de ganadería orgánica con una ambición clara, la de demostrar que producción y conservación pueden compartir el mismo horizonte.
En 2018, la empresa Más Iberá S.A. compró la propiedad y completó el giro. Los edificios que los Tompkins habían salvado asumieron nuevas funciones, y hoy las habitaciones, el restaurante y los salones comunes ocupan las mismas estructuras que cobijaron a capataces y herramientas. La casa insiste en una frase que resume su método, nada se demolió, todo se reimaginó. Quien recorre sus corredores percibe esa continuidad, la de un edificio que cambió de oficio sin cambiar de carácter.
Son trece habitaciones en cinco categorías, Deluxe, Junior Suite, Junior Family Suite, Suite y Casa Yaguareté. La Deluxe, de unos veintisiete metros cuadrados, aloja a dos personas en camas separadas o matrimonial. La Junior Family Suite recibe a cuatro, existen habitaciones comunicadas para quienes viajan en grupo y la Casa Yaguareté, una villa independiente, ofrece el mayor retiro posible en el interior de un parque nacional. Los niños menores de tres años se alojan sin cargo, y un cuarto de juegos inspirado en la fauna del humedal ocupa a los más chicos mientras los grandes discuten qué ave acaban de ver.
El restaurante mira hacia el campo abierto y trabaja con productos de estación y de productores locales, y el bar y el salón se pensaron como el sitio donde los días de esteros se transforman en conversación. La pileta funciona todo el año, y los carpinchos que merodean por el jardín tienen la costumbre de aparecer cuando menos se los espera. En la propiedad no hay señal de celular, pero sí un wifi veloz en todos los ambientes, una combinación que los viajeros terminan celebrando.
Los visitantes que dejaron su opinión en las plataformas insisten en un detalle, el trato. Hablan de una atención que alcanza desde la recepción hasta la cocina, de guías que explican la historia además de señalar animales, de un menú que se anuncia el día anterior y admite cambios, y de una bienvenida con degustación regional apenas se baja del auto. Un huésped europeo escribió que había viajado mucho por el mundo y que pocas veces conoció un hotel de esa categoría, y la casa exhibe en su web una calificación de 4,9 sobre 5 en Google y un premio de Booking.com a la opinión de los viajeros en 2026.
Los grandes viajeros de comienzos del siglo XX, esos que cruzaban continentes con baúles y libretas, habrían reconocido de inmediato la fórmula. Una estancia en el borde del mapa, de paredes blancas y mesa larga, atendida por gente que sabe el nombre de cada huésped, y rodeada de un territorio que se resguarda con celo. Casi nunca la encontraban. Hoy se llega a ella por tierra desde Corrientes, en unas dos horas y media o tres, o en avioneta, porque la propiedad cuenta con una pista privada inscripta ante la autoridad aeronáutica argentina, y por eso figura entre los poquísimos lodges del país a los que se puede llegar volando.
Dentro del cuadro
El Parque Nacional Iberá nació en 2018 sobre 183.000 hectáreas de antiguos campos ganaderos que fueron donados al Estado argentino con fines de conservación, y El Tránsito integra ese territorio. En el Portal Carambola, la Fundación Rewilding Argentina coordina el regreso del oso hormiguero gigante y del pecarí de collar, y en el conjunto del parque se desarrollan programas para diez especies, entre ellas el yaguareté, el mayor felino del continente, que volvió a reproducirse en libertad en Corrientes después de décadas de ausencia. La prensa internacional de viajes comparó la historia con el retorno del lobo a Yellowstone. Más de trescientas cincuenta especies de aves completan un elenco que, a diferencia de los de las rotondas, jamás ensaya.
La tarifa incluye todo. El desayuno se sirve en buffet, el almuerzo y la cena constan de tres pasos y el té de la tarde llega con puntualidad inglesa. La barra libre ofrece cocteles de autor y una selección de vinos, los traslados internos y los guías naturalistas forman parte del precio y la cuenta, al partir, no existe. Los extranjeros, además, quedan exentos del IVA del 21 por ciento, lo que equivale a un descuento aproximado del 17 por ciento sobre la tarifa publicada. Se recomiendan al menos dos noches, aunque casi todos los comentarios sugieren que tres es el número exacto en que el reloj del viajero cambia de huso.
Las excursiones, que según un visitante superan las diez opciones, se acomodan en torno a las comidas con una coordinación que los huéspedes elogian. Se camina por los senderos de la estancia, se rema en kayak, se navega en lancha, se cabalga con el agua hasta las rodillas, se sale de madrugada para el safari del alba y de noche en busca de ojos que brillan entre los pastos. Los aficionados a la pesca disponen de un programa de dorado con devolución al agua, a cargo de guías expertos. Los guías hablan castellano como lengua principal, y conviene confirmar al reservar la disponibilidad de un guía en inglés.
La excursión estelar, exclusiva de Carambola, es la canoa tirada por caballos. La embarcación se desliza sobre el agua inmóvil arrastrada por equinos que caminan despacio con el agua al pecho, y a bordo, sin motor ni apuro, el viajero ocupa por fin la plataforma central de una rotonda gigante. Los artistas de 1787 se habrían arrodillado. El lienzo, aquí, se extiende más allá de lo que alcanza la vista, los pastos se mueven de verdad, el cielo cambia de color sin ayuda de pintores y las aves entran y salen del cuadro con una libertad que ningún utilero logró reproducir.
Lo más asombroso de la experiencia tiene que ver con el borde. En un panorama de Barker, todo el esfuerzo del artista se dirigía a esconder dónde terminaba la tela, y en cuanto el espectador se acercaba demasiado a la pared, la magia se disolvía en un trozo de pintura y un olor a barniz. En el Iberá, el borde desapareció. Se mira hacia donde se quiera y el paisaje continúa, se camina un kilómetro y el paisaje sigue, se navega una hora y el cuadro se renueva con otros personajes. El viajero se siente, por primera vez en años, dentro de algo más grande que su agenda.
Casi toda la prensa especializada coincide. National Geographic Traveller del Reino Unido incluyó la estancia en su colección de experiencias, la crítica de viajes la celebró, y hasta la oferta combinada con un hotel de la ciudad de Corrientes, que une la capital y el humedal en un solo itinerario de dos capítulos, ha encontrado su público entre quienes quieren saborear la provincia entera. Pero la mejor crítica es la de los propios huéspedes, que escriben desde sus casas, meses después, que volverán.
Los pintores de panoramas pasaban meses escondiendo el borde de su obra. Quien sale de El Tránsito comprueba que la naturaleza resolvió el problema mucho antes, porque jamás tuvo ninguno. Al subir al auto, el viajero se vuelve una última vez, esperando divisar la salida de la rotonda, el sitio donde el lienzo se acaba y empieza la pared. Descubre entonces que el cuadro lo acompañó. Gira con él, camino adentro, hasta que el pasto, el agua y el cielo se pierden de vista, y sigue girando después, en alguna sala silenciosa de la memoria, donde cada tanto alguien abre la claraboya y deja entrar la luz.
Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello


